COVID-19 Y LA POBREZA

La pandemia del Coronavirus COVID-19 ha provocado una crisis sanitaria que ha causado la pérdida de decenas de miles de valiosas e insustituibles vidas en todo el mundo (181 países), afectación a la salud a centenares de miles (ya más de un millón) de personas y enormes e incalculables daños económicos, sociales y humanos (lo que he llamado el ECONOMIVIRUS). Y aún no sabemos hasta dónde vamos a llegar.

Aunque el mundo entero sufre y sufrirá los efectos directos e indirectos del COVID-19 (CORONAVIRUS y ECONOMIVIRUS), el epicentro se ha movido en el Norte (China, Europa, EEUU), donde ha causado y sigue causando estragos económicos y sociales en la salud, en la vida. En muchas ocasiones, en mis intervenciones públicas, expresé que los países desarrollados tienen problemas muy desarrollados.

Si el epicentro del COVID-19 se mueve del Norte al Sur (Sur de África, Latinoamérica y el Caribe), o se produce un agresivo y masivo contagio en estas regiones, los estragos serían aún mayores.

En el Sur (en términos de desarrollo) los sistemas de salud son más débiles, los Estados disponen de menos o limitados recursos para mitigar los efectos del COVID-19 en la salud, económicos y sociales y en general hay más pobreza y menor desarrollo.

El Director General de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, el 11 de marzo, cuando esta organización mundial de las Naciones Unidades llegó a la conclusión que el COVID-19 era una pandemia expresó: "Todos los países deben encontrar un delicado equilibrio entre la protección de la salud, la minimización de los trastornos sociales y económicos, y el respeto de los derechos humanos".

Esta semana el mismo Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus expresó que países le piden a la gente que “SE QUEDEN EN CASA” y cierren el movimiento de la población para limitar la trasmisión del COVID-19; sin embargo, él mismo señala, que estos pasos a su vez pueden tener consecuencias no deseadas para los más pobres y los más vulnerables. Asimismo, la OMS señala que el confinamiento puede aumentar la violencia doméstica.

En los países llamados desarrollados o del primer mundo, como Estados Unidos, hay millones de personas en la pobreza, incluso en la extrema pobreza; por otro lado, hay millones de personas que en estos países, por el encierro, producto de la cuarentena y el confinamiento, sufren de aburrimiento, inactividad, claustrofobia etc., pero no es lo mismo tener aburrimiento que tener hambre; no es lo mismo que los niños lloren por aburrimiento a que lloren por hambre.

Aun los países con economías más desarrolladas, con porcentajes menores de desempleo y de trabajadores informales, tienen serias dificultades y limitaciones para atender a toda la población. Hemos visto, por ejemplo, problemas en el Sur de Italia, donde la gente ha entrado en desesperación no sólo por el confinamiento, sino muchas veces por falta de alimentos, recursos económicos, etc.

El problema en los países del tercer mundo o subdesarrollados es la capacidad muy limitada para garantizar la alimentación y los elementos esenciales para la vida de amplios sectores de la población que resulten afectados por la paralización económica de un país; por eso hay que actuar con mucha prudencia.

Es los países subdesarrollados hay millones de personas que viven en condiciones infrahumanas, con frecuencia hacinados, varias familias y muchas personas en una misma casa y, además, no en mansiones o casas amplias y cómodas, sino en pequeñas casas con condiciones muy limitadas, donde incluso el agua y el jabón faltan y ya no digamos internet, etc. Hay millones de personas que no tienen reservas de dinero, de alimentos, ni ingresos mensuales o semanales, sino que ellos y sus familias viven con lo que pueden hacer día a día.

Sabemos que hay países como Estados Unidos, México e Inglaterra que sus Gobiernos en un principio minimizaron los efectos de la pandemia del COVID-19 y han tenido después que reconocer la gravedad de la misma y se han visto obligados a tomar medidas drásticas para tratar de contenerla; pero reconocer la gravedad de la crisis no debe ser sinónimo de decretar alarma, cuarentena, emergencia, aislamiento o confinamiento, porque para eso la OMS ha establecido las fases de esta pandemia y las medidas recomendadas para cada una de ellas.

Hay que actuar con seriedad y responsabilidad y orientar todos los esfuerzos y medidas a evitar o reducir el riesgo, pero a su vez hay que evitar el pánico, porque este puede ser más peligroso que la enfermedad y hay que tratar de no adelantarse a los hechos, sobre todo por los severos efectos humanos, económicos y sociales de cada día que un país esté paralizado.

Uno de los aspectos más importantes es la educación u orientación de la gente para que se tomen todas las medidas posibles para evitar o reducir el contagio: lavado de manos con agua y jabón, no tocarse la boca, nariz y ojos, desinfección, evitar los saludos con contacto personal, mantener la distancia social (por lo menos un metro en entre persona y persona pero preferiblemente entre 1.5 y 2 metros), no entrar a la casa con los zapatos que se anda en la calle (aunque hay personas que ni zapatos tienen), tomar mucha agua, etc.

Sólo pensemos en el sufrimiento, la angustia y desesperación de una persona o familia que, durante una semana, un mes o más, no tenga que comer, ni dinero ahorrado, ni ingresos para comprar alimentos. Las mismas personas que en un momento dicen: “Quédate en Casa” podrían, o bien ignorar la situación de esas personas y familias o incluso reclamar por la situación de ellos, ya sea por solidaridad o por intereses políticos, pero difícilmente compartirían sus recursos o alimentos con ellos y demandarían al Gobierno, cualquiera que este sea y del signo político que sea, que resuelva.

Pero la realidad es que por mucho y muy bien que hicieran las cosas los Gobiernos nacionales, estatales o locales, no tendrían la capacidad económica y material para resolver o aliviar significativamente el hambre o para mejorar las condiciones de vida de esos millones de personas que, además de estar en angustia y sufrimiento, por la afectación directa o indirecta del COVID-19, por las precarias condiciones que se encontrarían, serían más susceptibles no sólo a esta pandemia, sino a cualquier otra enfermedad que podría o bien deteriorar su salud o incluso costarles la vida.

Otro elemento que no podemos obviar es que después que pase la pandemia, que esperamos que sea pronto, aunque en realidad aún no sabemos ni podemos hacer una proyección con certeza cuando será, es que los efectos humanos, económicos y sociales (lo que he llamado ECONOMIVIRUS) se sufrirán por largo tiempo. Unos perderán sus empresas (familiares, micro, pequeñas, medianas o grandes, nacionales o multinacionales), o reducirán sus ganancias, pero muchos perderán sus empleos y como siempre los más afectados serán los más pobres. A unos se les reducirán las ganancias, pero a otros se les aumentará el hambre y agudizará la pobreza.

Es por ello que, aunque toda acción humana tiene de alguna forma efectos políticos, nadie debe anteponer sus intereses políticos particulares a la vida y bienestar de la población en su conjunto.

Lo que sí está claro es que habrá un antes y un después del COVID-19. Por ejemplo, aunque Cuba se ha caracterizado siempre por su solidaridad, hace unos meses difícilmente alguien se podía imaginar brigadas médicas cubanas llegando a Italia y España para contribuir a salvar vidas o a un avión de la Federación Rusa llegando a Estados Unidos con ayuda médica y sanitaria.

Lamentablemente habrá siempre quienes quieran y traten de aprovecharse de la pandemia para enriquecerse aún más a costa del bienestar y calidad de vida de la gente, ojalá que seamos capaces de convertir la crisis en oportunidad para avanzar en la construcción de una sociedad más justa, más equitativa, más solidaria y menos vulnerable; y, a como dice Alicia Bárcenas, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL: “Va a haber una nueva geopolítica después de esta crisis. Va a cambiar la relación entre los países y creo que hoy se impone la multilateralidad”.