POR LA DEMOCRACIA

Democracia: etimológicamente es el poder del pueblo. Teóricamente es una forma de gobierno del Estado donde el poder es ejercido por el pueblo.

El concepto no es el problema central, a como sucede con muchas leyes en muchos países, o con declaraciones o acuerdos internacionales que teóricamente son muy válidos e importantes pero que en la práctica, en muchos casos, no se cumplen, no solo por impedimentos reales sino porque no existe la voluntad política o el interés para hacerlo.

En el caso de la educación, lo mismo sucede con los documentos curriculares y modelos educativos, al leerlos, normalmente suenan muy bien y da la impresión que tenemos una educación de calidad y muchas veces incluso con pertinencia, pero de lo escrito a lo que sucede en la práctica hay una gran brecha.

En nombre y “por la democracia y por la libertad” se han invadido, atacado, bombardeado, bloqueado muchos países causando miles de muertos, heridos, mutilados, huérfanas y huérfanos, destrucción física, social y cultural y secuelas que perduran en el tiempo y que se reflejan entre otras cosas en hambre, pobreza, desolación, migraciones.

Con frecuencia, la democracia, en lugar de ser lo que etimológica y teóricamente significa: el poder ejercido por el pueblo, significa, en la práctica, el poder ejercido contra el pueblo.

En nombre de la democracia desde las estructuras de poder, o desde las fuerzas (políticas pero también económicas e incluso religiosas) que luchan por el poder, con frecuencia, se reprime, se violenta, se genera inestabilidad e inseguridad, se agrede, se afecta la economía y por ende se crean consecuencias sociales, se irrespetan los derechos humanos.

Comúnmente el pueblo, en nombre de quien se cometen los abusos “por la democracia”, es la víctima y no el beneficiario. La destrucción, dolor y muerte y las consecuencias económicas y sociales que generan más hambre, pobreza, desempleo, migraciones, desintegración familiar y desesperanza, la sufre el mismo pueblo indistintamente del lado en que se encuentra en la batalla o batallas, que asume como propias, pero que en la realidad son parte de una guerra que no le pertenece.

Lo sucedido el día 06 (Día de Reyes) de enero en el Capitolio en Washington, es solo un pequeño reflejo de la enorme crisis moral y política que vive el mundo y que se deriva en una grave crisis económica y social que afecta a las grandes mayorías de la sociedad y de la que si se beneficia una absoluta minoría.

Sin duda alguna adquiere particular relevancia lo ocurrido el 6 de enero en el Capitolio por suceder en la capital del país más rico y poderoso del mundo y quienes se han autoproclamado los paladines de la libertad, “protectores y promotores” de la democracia y se han considerado amos y dueños del mundo, capaces de señalar, acusar, juzgar, sentenciar y aplicar los castigos y sanciones a quienes no se ajusten a sus intereses o a su modelo de democracia, sin que nadie los juzgue a ellos.

Hubiera sido un verdadero caos para Estados Unidos y para el mundo que al final Donald Trump continuara en el poder, no por voluntad del pueblo norteamericano, sino imposición. El hecho que, aun siendo el presidente actual, haya tenido al final que capitular en sus ilegítimas, peligrosas y arrogantes pretensiones es importante para Estados Unidos y para el mundo.

A pesar de los grandes intereses económicos y políticos contrapuestos, esperamos, por el propio pueblo norteamericano, y por la paz y convivencia en el mundo, que John Biden y Kamala Harris promuevan, practicándola, la verdadera democracia y unas relaciones mundiales regidas por el respeto y la solidaridad y donde el multilateralismo prevalezca ante la irracionalidad y arrogancia actual.

Este nuevo año, 2021, tiene que ser el inicio de una nueva realidad en el mundo con mayores niveles de justicia, equidad, paz, inclusión y respeto a la diversidad, solidaridad, sostenibilidad y con una sociedad en la que sea cierto que nadie se quede atrás.